Ariela dice que el lugar en el que trabajamos es como La peluquería de Don Mateo y tiene tanto de razón que todos nos reímos. Como nuestros escritorios están ubicados frente a la máquina de café, cada día desfilan ante nuestros ojos los mismos personajes, con sus historias, sus frases hechas, sus ráfagas de buen o mal humor, sus estilos y demases.
Sabemos que apenas ingresados se abarrotaran hordas de hombres hambrientos y recién levantados que comentarán sobre el asadito de la noche anterior, las declaraciones de Maradona respecto a Riquelme, como los golpeó el cambio de hora del sábado y los resultados del fútbol del domingo. Para cargar agua en el termo esperaremos entonces 30 minutos más.
Después comienzan a aparecer los chicos del correo interno; primero un sobre, después otro, urgente urgente una notificación de la Super (jerga) y así. Ahora llega Martín que por suerte consiguió monedas y además trae un paquete extraño sin remitente.
Fija es que cercano al mediodía aparece Damián, nuestro amigo reponedor de la máquina, que también es boxeador, aunque se rompió los meniscos y entonces, puta madre no se si voy a volver a pelear. Y casi que pisándole los talones viene Paula Carina muerta de hambre para preguntarnos cuando vamos a comer.
Y Alberto el del correo externo y Mirem del sexto piso que busca Fanta Naranja (y nosotras siempre coreamos que nadie comparte esa diversión) y Silvita para saber si necesitamos algo de afuera y los fumadores que aprovechan el patio interno y la lista podría ser muchísimo mas larga.
Lo que es seguro es que cuando el reloj da las 18 aquí no queda nadie, ni nosotras. Entonces se apagan las luces y comienzan a pasar los créditos. Al día siguiente la misma rutina y así hasta el viernes.
Es curioso como, si lo observan, todo está mucho más guionado de lo que parece. Apuesto.
